“Francia está enferma de
verbalismo”, decía en sus días Andres Gide.
Nosotros también igual que los franceses en la época de Gide, nos
estamos intoxicando con el narcótico de las palabras. Nos hemos vuelto habladores, gárrulos,
farragosos. Desde que rompe el alba hasta que se apaga el
sol, se nos entran por los ojos y los oídos, como Pedro por su casa, un sinnúmero
de opiniones, de retos, desafíos, insultos y provocaciones en el que el
pensamiento naufraga en un mar de vocablos admonitorios que atentan contra el
honor del agraviado.
Es increíble el desenfado con que
nos regodeamos al herir al semejante, empleando términos y actuaciones cargados
de fatídicos alientos proféticos, de amenazas, cargados de un barroquismo
desatado que testimonia en contra de la seriedad y el honor de los hombres.
Que los antiguos se hallaban
libres de este prejuicio nos lo confirman la cantidad de testimonios que se han
conservado. Cuando por ejemplo, un caudillo
teutón retó a Marius a un combate singular, este héroe le respondió que si
estaba harto de la vida, “podía ahorcarse”.
No obstante le ofreció un hábil gladiador por si quería enzarzarse con él.
En Plutarco leemos que el
almirante Euribíades, en disputa con Temístocles, alzó el bastón de mando para
pegarle; sin embargo, este último no sacó su espada; antes bien, parece que
exclamó: “¡Pégame pero escúchame!”
Sócrates, en el curso de sus múltiples
discusiones, era objeto de malos tratos, que él encaraba con tranquilidad. Cierta vez alguien le propinó una patada,
pero él se lo tomó con paciencia y dijo a quien se maravillaba de su actitud: “Entonces,
¿tendría que denunciar a un asno que me hubiese dado una coz?” En otra ocasión,
cuando le dijeron: “¿Te insultan y no te incomoda?”, su respuesta fue: “No,
pues lo que dice no tiene que ver conmigo”.
¡Sí!----me dirán ustedes---; ¡pero ellos eran sabios! Entonces ¿es que nosotros somos necios? De acuerdo.
La clave de estos sabios era: “A palabras necias, oídos de mercader”.
Lo que esta consabido, es que
anteriormente se podía recibir un golpe en la cara como lo que era: un pequeño
perjuicio físico, mientras que para el
hombre moderno es una catástrofe, llegando a convertirse en tema de honras fúnebres.
El vituperio, la declamación soez
y procaz, las incursiones indelicadas en el inviolable santuario de la vida
privada, la torpe imitación del elefante que entra en estampida a la cristalería,
las pérfidas frases calumniosas prenden en las entrañas y allí encienden un volcán
de pasiones irreprimibles. El que quiera
conocer al dedillo, y bien a las claras, la forma lenta, pero enérgica, en que
se urde y trama en el trasfondo obscuro del alma, merced a la intriga y a la
frase malévola, el drama sangriento solo que lea las páginas del Otelo de
Shakespeare y contemple allí al funesto Yago en acción.
Que no aguarden a que sigan creciendo las llamas del
fuego, porque podrían llegar solo al patético instante de recoger las cenizas. Que no se olvide que muchas veces el naufragio
y el caos arrastran consigo inclusive a los que lo provocan y que actuar como
el antiguo sabio tiene su límite.

No comments:
Post a Comment