Friday, August 5, 2016

El antiguo sabio.


“Francia está enferma de verbalismo”, decía en sus días Andres Gide.  Nosotros también igual que los franceses en la época de Gide, nos estamos intoxicando con el narcótico de las palabras.  Nos hemos vuelto habladores, gárrulos, farragosos.    Desde que rompe el alba hasta que se apaga el sol, se nos entran por los ojos y los oídos, como Pedro por su casa, un sinnúmero de opiniones, de retos, desafíos, insultos y provocaciones en el que el pensamiento naufraga en un mar de vocablos admonitorios que atentan contra el honor del agraviado.

Es increíble el desenfado con que nos regodeamos al herir al semejante, empleando términos y actuaciones cargados de fatídicos alientos proféticos, de amenazas, cargados de un barroquismo desatado que testimonia en contra de la seriedad y el honor de los hombres.

Que los antiguos se hallaban libres de este prejuicio nos lo confirman la cantidad de testimonios que se han conservado.  Cuando por ejemplo, un caudillo teutón retó a Marius a un combate singular, este héroe le respondió que si estaba harto de la vida, “podía ahorcarse”.  No obstante le ofreció un hábil gladiador por si quería enzarzarse con él.

En Plutarco leemos que el almirante Euribíades, en disputa con Temístocles, alzó el bastón de mando para pegarle; sin embargo, este último no sacó su espada; antes bien, parece que exclamó: “¡Pégame pero escúchame!”

Sócrates, en el curso de sus múltiples discusiones, era objeto de malos tratos, que él encaraba con tranquilidad.  Cierta vez alguien le propinó una patada, pero él se lo tomó con paciencia y dijo a quien se maravillaba de su actitud: “Entonces, ¿tendría que denunciar a un asno que me hubiese dado una coz?” En otra ocasión, cuando le dijeron: “¿Te insultan y no te incomoda?”, su respuesta fue: “No, pues lo que dice no tiene que ver conmigo”.  ¡Sí!----me dirán ustedes---; ¡pero ellos eran sabios!  Entonces ¿es que nosotros somos necios?  De acuerdo.  La clave de estos sabios era: “A palabras necias, oídos de mercader”.

Lo que esta consabido, es que anteriormente se podía recibir un golpe en la cara como lo que era: un pequeño perjuicio físico,  mientras que para el hombre moderno es una catástrofe, llegando a convertirse en tema de honras fúnebres.

El vituperio, la declamación soez y procaz, las incursiones indelicadas en el inviolable santuario de la vida privada, la torpe imitación del elefante que entra en estampida a la cristalería, las pérfidas frases calumniosas prenden en las entrañas y allí encienden un volcán de pasiones irreprimibles.  El que quiera conocer al dedillo, y bien a las claras, la forma lenta, pero enérgica, en que se urde y trama en el trasfondo obscuro del alma, merced a la intriga y a la frase malévola, el drama sangriento solo que lea las páginas del Otelo de Shakespeare y contemple allí al funesto Yago en acción.

Que no  aguarden a que sigan creciendo las llamas del fuego, porque podrían llegar solo al patético instante de recoger las cenizas.  Que no se olvide que muchas veces el naufragio y el caos arrastran consigo inclusive a los que lo provocan y que actuar como el antiguo sabio tiene su límite.

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