Viejos son, pero no
cansan. Así son los clásicos que siguen pregonando con
dulces delirios, de esos versos, que no tienen edad pero que son eternos y son
aplicables a las coyunturas del pasado, hoy y siempre. En los últimos veinte años ha habido un interés
creciente por los clásicos. La mayor
parte de los temas considerados centrales en la teoría social contemporánea han
sido reexaminados bajo enfoques analíticos y conceptuales clásicos.
El hecho de que un
determinado grupo de teorías fuese desarrollado mucho tiempo atrás no significa
necesariamente que hayan sido superadas. ¿Quién y con qué criterio determina donde
finaliza y comienza el pasado y el presente?
En el caso de las ciencias sociales es difícil decir que los clásicos sean
parte del pasado basándonos exclusivamente
en un criterio cronológico-formal.
Es más, ese pasado no está muerto, pues ni siquiera es pasado aún.
Es por esta razón y no por otra, que en los clásicos podemos
encontrar ese manantial de sabiduría que puede utilizarse como código para descifrar y
que es aplicable a los acontecimientos de la modernidad, que arrojan la claridad
para poder comprender los cimientos de los actuales sucesos que confronta la
sociedad moderna. En fin, la historia no es más que una
secuencia de hechos repetitivos que se van reproduciendo en distintos espectros
de espacios y tiempos con actores
diferentes, variantes circunstanciales pero en un teatro que continúa siendo marcado
por las mismas dimensiones humanas. La
historia siempre se hereda, decía con melancolía Varona, el cubano.
No obstante, existen corrientes de revoluciones científicas que
con mucha frecuencia desafían preceptos disciplinarios bien establecidos y que
provienen de pensadores que deambulan fuera de las fronteras normales de su
campo de estudio.
En mi búsqueda de respuestas a las preguntas que me embarcaron
a esta empresa, regresé a algunos de los textos clásicos que había leído muchos
años antes durante mi primera juventud, pero por inexperiencia no supe valorar
en su justa medida la riqueza de los contenidos que tenía en mis manos. Ahora cuando la vida comienza a cobrarme
impuestos, he tenido que retomar a Mark y a Durkheim más cuidadosamente con
cierta renuencia porque debo confesar que ya la sociedad me había contagiado
con algunos de sus prejuicios.
Sin embargo, solo tuve que retomar un clásico –ya sea un
texto o un autor- para revivir los fértiles sudores de esos que destila el
pensamiento que esta sociedad de consumo
nos va cambiando para llevarnos como rebaños malolientes por los senderos de su
conveniencia. Por ejemplo: Cervantes en la literatura española, Da
Vinci, Velásquez y Rembrandt en pintura, Miguel Ángel y Rodin en escultura,
Mozart y Bach en música, Lao-Tse y Confucio en filosofía china, Shakespeare en
literatura inglesa, Kant y Hegel en filosofía alemana, Aristóteles y Platón en teoría política. Apelando a esta pléyade de pensadores fue que
pude llenar el vacío de mi temor y reducir a claridad el caos de mi confusión. Hoy me siento como el Tajo, que con su
nacimiento en la sierra de Albarracín y después de recorrer 1007 kilómetros de
caudal, muere en el Océano Atlántico en la Ciudad de Lisboa convirtiéndose en
el rio más largo de la Península Ibérica. Con la imponencia de semejante obra
de la naturaleza, de las misma forma se despejan mis dudas. Gracias mis amigos
los clásicos!

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