Saturday, April 2, 2016

Gracias mis amigos los clásicos.


Viejos  son, pero no cansan.   Así son los clásicos que siguen pregonando con dulces delirios, de esos versos, que no tienen edad pero que son eternos y son aplicables a las coyunturas del pasado, hoy y siempre.  En los últimos veinte años ha habido un interés creciente por los clásicos.  La mayor parte de los temas considerados centrales en la teoría social contemporánea han sido reexaminados bajo enfoques analíticos y conceptuales clásicos.

El hecho de que  un determinado grupo de teorías fuese desarrollado mucho tiempo atrás no significa necesariamente  que hayan sido superadas.  ¿Quién y con qué criterio determina donde finaliza y comienza el pasado y el presente?  En el caso de las ciencias sociales es difícil decir que los clásicos sean parte del pasado basándonos exclusivamente  en un criterio cronológico-formal.  Es más, ese pasado no está muerto, pues ni siquiera es pasado aún.

Es por esta razón y no por otra, que en los clásicos podemos encontrar ese manantial de sabiduría que  puede utilizarse como código para descifrar y que es aplicable a los acontecimientos de la modernidad, que arrojan la claridad para poder comprender los cimientos de los actuales sucesos que confronta la sociedad moderna.    En fin, la historia no es más que una secuencia de hechos repetitivos que se van reproduciendo en distintos espectros de espacios y tiempos con  actores diferentes, variantes circunstanciales pero en un teatro que continúa siendo marcado por las mismas dimensiones humanas.  La historia siempre se hereda, decía con melancolía Varona, el cubano.
No obstante, existen corrientes de revoluciones científicas que con mucha frecuencia desafían preceptos disciplinarios bien establecidos y que provienen de pensadores que deambulan fuera de las fronteras normales de su campo de estudio.

En mi búsqueda de respuestas a las preguntas que me embarcaron a esta empresa, regresé a algunos de los textos clásicos que había leído muchos años antes durante mi primera juventud, pero por inexperiencia no supe valorar en su justa medida la riqueza de los contenidos  que tenía en mis manos.  Ahora cuando la vida comienza a cobrarme impuestos, he tenido que retomar a Mark y a Durkheim más cuidadosamente con cierta renuencia porque debo confesar que ya la sociedad me había contagiado con algunos de sus prejuicios.

Sin embargo, solo tuve que retomar un clásico –ya sea un texto o un autor- para revivir los fértiles sudores de esos que destila el pensamiento que  esta sociedad de consumo nos va cambiando para llevarnos como rebaños malolientes por los senderos de su conveniencia.  Por ejemplo:  Cervantes en la literatura española, Da Vinci, Velásquez y Rembrandt en pintura, Miguel Ángel y Rodin en escultura, Mozart y Bach en música, Lao-Tse y Confucio en filosofía china, Shakespeare en literatura inglesa, Kant y Hegel en filosofía alemana,  Aristóteles y Platón en teoría política.  Apelando a esta pléyade de pensadores fue que pude llenar el vacío de mi temor y reducir a claridad el caos de mi confusión.  Hoy me siento como el Tajo, que con su nacimiento en la sierra de Albarracín y después de recorrer 1007 kilómetros de caudal, muere en el Océano Atlántico en la Ciudad de Lisboa convirtiéndose en el rio más largo de la Península Ibérica. Con la imponencia de semejante obra de la naturaleza, de las misma forma se despejan mis dudas. Gracias mis amigos los clásicos!

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