El aire de ingenuo regocijo que anima a ciertos de nuestros coetáneos
por haber servido este país de sede para la Reunión de la Organización de
Estados Americanos (OEA), no debería de contagiarnos ni a nosotros ni a ninguna
nación del continente, despertando uno de esos fugaces optimismos que son tan
leves y pasajeros como la rápida euforia que producen los gratos licores violentos.
La meta que se persiguió en ese cónclave fue entre otros despropósitos
corroer la base de la sociedad: la familia y al mismo tiempo impregnarnos de culturas e ideologías que no están enraizadas
en nuestras costumbres.
Una conferencia más. ¡Pues
no! Esta fue una conferencia
manierista, de la misma forma que Jackob Buckhardt, utilizó ese término para
definir de manera peyorativa el arte italiano entre el Renacimiento y el
Barroco.
Que distinta hubiese sido esta reunión, si en vez de atentar
contra los valores morales y éticos de nuestra sociedad hubiesen promulgado por
aunar esfuerzos para la estabilización de los precios de los productos básicos. Justa y equitativa nivelación del
intercambio comercial. Que los bienes
manufacturados en nuestras zonas francas, no regresen a nuestros puertos,
mejorados y embellecidos por la industria tecnológica, a tan subidos costos
que, al adquirirlos, nos cobran lo que nos pagaron, más un margen increíble de
ventaja.
Es una pena que en esta reunión no se haya tomado en cuenta
las necesidades del Monsierur La Police, en Francia, L’uomo qualunque, en
Italia, el common man, en Estados Unidos, el hombre de la calle, en nuestros países
subdesarrollados.
No estoy sembrando malquerencias. Mi pretensión – pura pretensión, porque ¿Qué puede hacer una pluma tropical contra
los fabulosos intereses de esa poderosa organización? – es hacer saber que
estamos despiertos, que tenemos conciencia de lo que padecemos y lo que se nos está
vendiendo.
Que no suban demasiada confiadas las esperanzas de la OEA de
que lograron sus objetivos para que la caída sea menos estrepitosa. Que no se repita de nosotros lo que Renan
expresó en un momento conflictivo de la vida de Francia: “Vivimos hoy de
brillantes fantasmas, de sombras, de fragancias de un ánfora vacía ¡Quiera el cielo que mañana no vivamos de
sombras de sombras!

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