La muerte, su fúnebre Majestad la
muerte, ha entrado de improviso, sembrando a mansalva la angustia y la
consternación, en todos los hogares de la vasta familia dominicana. La enérgica protesta que brota con ímpetu
del trasfondo de los espíritus, descansa en la convicción de un grupo feminista que protestaron ayer frente al
Palacio Nacional para llamar a exigirle al Senado de la República que
restablezca la despenalización del aborto por causales y sin ninguna traba.
La práctica del aborto, que para
nadie es un secreto, se viene realizando a hurtadillas – a cencerros tapados-
en cubiles “clínicos” de la periferia, no tenía el derecho de arrebatar tanta
existencia en flor, a crear vacios imponderables –que luego mares de lagrimas
no pueden llenar- en mozas que granaban al sol primaveral de las ilusiones.
Las causales siempre existirán
porque hemos dilatado en dar una respuesta a una sentina de homicidas
inescrupulosos, carentes de conciencia y de sensibilidad humana en una sociedad
que los margina, que les deja sin oportunidades haciendo de la ociosidad la
madre de todos los males. Pero me
pregunto: ¿Acaso es el aborto la respuesta a este mal social que nos ahoga? ¿Es el
aborto la forma con que una madre debe enfrentar el misterio divino de traer al
mundo una criatura con algún tipo de
diferencia que sus semejantes? ¿Es
el aborto la respuesta rápida que debe
asumir una madre al poner su vida en riesgo ante la acción divina y sublime de la creación de la vida? Todos los delitos que se oponen a la
existencia, como son los homicidios de cualquier género, el genocidio, la
eutanasia, el aborto o el mismo suicidio voluntario, todos ofenden la dignidad
humana y ciertamente están en contradicción con el honor debido al creador.
Pero lo que más me hace enarcar
las cejas, es el hecho que precisamente esta protesta venga de un grupo feminista.
¿Es ese el legado que dejara
Virginia Woolf o Clara Campoamor –la primera en el campo literario y la
segunda en la política- cuando de una forma ineluctable enhestaron el pendón de
la igualdad de los derechos de la mujer y el hombre? No. ¿En
qué parte de nuestro orden jurídico se le confiere el hombre el derecho de
decidir a su voluntad sobre la vida de su prole y que la mujer quiere igualar? En ninguna de sus partes.
Es como un leitmotif cada vez que
surgen estos temas, la prohibición del uso de métodos anticonceptivos que
enturbian las fuentes de la vida, fuentes que deben quedar siempre abiertas,
sin que sea permitido sellarlas, como no sea utilizando los procedimientos que aprovechan las
disposiciones providenciales insertadas en la misma naturaleza y en la nativa estructuración
biológica femenina.
Como siempre cuando se tocan
estos temas aparecen un grupo de glosadores, habladores, gárrulos y farragosos
que querrán que me ponga el nodal en el cuello.
Les respondo que no malbaraten inútilmente sus infecundos e inoperantes
adjetivos porque de todos modos, en los momentos actuales es a la regla de oro
de la prudencia a la cual hay que atenerse y acato.
Se detiene uno aquí y le salta a
la mente la frase de Virgilio, el de “La Eneida”: repta el áspid entre las
flores, latet anguis in herba.

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