La historia de la Revolución
Francesa está llena, colmada de esos coloridos episodios, como lo demuestra la biografía
de Mirabeau, unos forjados, otros hijos de la demagogia y otros productos de la
ignorancia incluso de gente de abolengo como lo era Noailles.
Es de todos bien sabido, que
muchas de nuestras actuales costumbres nos vienen como herencia de las
sociedades europeas, sobre todo por esa xenofilia inveterada de nuestros
ancestros. De las diversas relaciones
que el hombre establece con sus congéneres en virtud de las cuales estos
depositan en aquel su confianza, formándose de él una buena opinión, surgen
varias clases de honor. En primer lugar,
podemos mencionar el honor burgués, en segundo lugar el honor del cargo que
obliga los compromisos adquiridos y por último el honor al comportamiento
sexual. El honor burgués se basa en la suposición
de que respetaremos incondicionalmente los derechos ajenos y que jamás recurriéremos
al empleo de medios injustos o ilícitos en nuestro beneficio. Solo se pierde a consecuencia de un único hecho
que atente de forma evidente contra él. Una condena criminal que sea justa. El honor perdido es irrecuperable, a menos
que su pérdida se deba a un error, como la calumnia o la falsa apariencia. Por eso existen leyes contra la calumnia, los
pasquines y contra la injuria. Muy bien
lo expresaban los griegos: “El insulto es una calumnia breve”, expresión que,
sin embargo, no aparece en lugar alguno.
Quien insulta demuestra que no tiene nada real y verdadero que aducir
contra el otro, pues de ser así, lo enunciaría mediante premisas y dejaría la conclusión
a cargo de los oyentes; mas en lugar de hacerlo así, muestra la conclusión y
adeuda las premisas.
Solo mediante la calumnia es
posible un ataque al honor desde fuera; el único medio para defenderlo es la refutación
acompañada de la publicidad necesaria y del desenmascaramiento del calumniador. El honor de un joven es un crédito, sin
embargo, el de los más ancianos puede comprobarse por sus actos que lo han
confirmado a lo largo de su vida. Es por
eso que el respeto que los hombres sienten hacia los cabellos blancos sea algo
innato, un sentimiento instintivo. Solo
los canallas de la peor laya pueden ignorar las venerables canas.
En relación al honor del cargo,
no tendría yo otra cosa que decir que aquello que ya es conocido, cumplir con
los compromisos adquiridos. En cuanto
al honor sexual, nuestra sociedad la ha dividido según su naturaleza, en masculino
y femenino, y por ambas partes es un espíritu corporativo muy comprensible. El segundo, es el más importante de los dos,
porque en la vida femenina las relaciones sexuales poseen mayor importancia. El honor femenino es, si se habla de una joven
que aun no se ha entregado a ningún hombre y si se trata de una mujer casada,
que solo se ha entregado a su marido. La
importancia de esta opinión descansa en lo siguiente: el sexo femenino exige y
espera todo de un hombre, absolutamente todo cuanto desea y necesita, el
masculino solo desea del otro, ante todo y directamente, una cosa. A cambio de eso, al sexo masculino le toca
encargarse del cuidado de todo, principalmente de velar por el bien de los
hijos surgidos de la unión entre ambos.
Para que el pacto tenga vigencia, es necesario que el sexo femenino sea
firme y demuestre un espíritu corporativo.
La mujer por su naturaleza necesita de la protección del hombre que
gracia a la preponderancia de sus fuerzas corporales y espirituales se debería hallar
en posesión de todos los bienes de la tierra.
La sociedad obliga al sexo femenino que vele por el espíritu corporativo
de todos sus miembros. En consecuencia,
cualquier joven femenina que mediante una relación ilícita comete traición, es
principalmente, por los miembros de su mismo sexo, recibe un castigo moral porque al
generalizarse su comportamiento estaría poniendo en peligro el bienestar del
genero entero y con su ejemplo desengaña a los demás hombres al mostrarles el
fracaso del pacto sobre el que descansa la salvación de todo el sexo femenino. Que insulso anatema. Lo que resulta curioso es que la Revolución
Francesa –revolución burguesa, al cabo- al imponer por acción directa este tipo
de axioma carga sobre la palabra “honor” en sentido general una moralina sembrando valores carentes de justicia y
promoviendo la desigualdad.

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