Tuesday, July 26, 2016

El honor en una sociedad con moralina.


La historia de la Revolución Francesa está llena, colmada de esos coloridos episodios, como lo demuestra la biografía de Mirabeau, unos forjados, otros hijos de la demagogia y otros productos de la ignorancia incluso de gente de abolengo como lo era Noailles.

Es de todos bien sabido, que muchas de nuestras actuales costumbres nos vienen como herencia de las sociedades europeas, sobre todo por esa xenofilia inveterada de nuestros ancestros.  De las diversas relaciones que el hombre establece con sus congéneres en virtud de las cuales estos depositan en aquel su confianza, formándose de él una buena opinión, surgen varias clases de honor.  En primer lugar, podemos mencionar el honor burgués, en segundo lugar el honor del cargo que obliga los compromisos adquiridos y por último el honor al comportamiento sexual.  El honor burgués se basa en la suposición de que respetaremos incondicionalmente los derechos ajenos y que jamás recurriéremos al empleo de medios injustos o ilícitos en nuestro beneficio.  Solo se pierde a consecuencia de un único hecho que atente de forma evidente contra él.   Una condena criminal que sea justa.  El honor perdido es irrecuperable, a menos que su pérdida se deba a un error, como la calumnia o la falsa apariencia.  Por eso existen leyes contra la calumnia, los pasquines y contra la injuria.  Muy bien lo expresaban los griegos: “El insulto es una calumnia breve”, expresión que, sin embargo, no aparece en lugar alguno.  Quien insulta demuestra que no tiene nada real y verdadero que aducir contra el otro, pues de ser así, lo enunciaría mediante premisas y dejaría la conclusión a cargo de los oyentes; mas en lugar de hacerlo así, muestra la conclusión y adeuda las premisas.

Solo mediante la calumnia es posible un ataque al honor desde fuera; el único medio para defenderlo es la refutación acompañada de la publicidad necesaria y  del desenmascaramiento del calumniador.  El honor de un joven es un crédito, sin embargo, el de los más ancianos puede comprobarse por sus actos que lo han confirmado a lo largo de su vida.  Es por eso que el respeto que los hombres sienten hacia los cabellos blancos sea algo innato, un sentimiento instintivo.  Solo los canallas de la peor laya pueden ignorar las venerables canas.

En relación al honor del cargo, no tendría yo otra cosa que decir que aquello que ya es conocido, cumplir con los compromisos adquiridos.    En cuanto al honor sexual, nuestra sociedad la ha dividido según su naturaleza, en masculino y femenino, y por ambas partes es un espíritu corporativo muy comprensible.  El segundo, es el más importante de los dos, porque en la vida femenina las relaciones sexuales poseen mayor importancia.  El honor femenino es, si se habla de una joven que aun no se ha entregado a ningún hombre y si se trata de una mujer casada, que solo se ha entregado a su marido.   La importancia de esta opinión descansa en lo siguiente: el sexo femenino exige y espera todo de un hombre, absolutamente todo cuanto desea y necesita, el masculino solo desea del otro, ante todo y directamente, una cosa.  A cambio de eso, al sexo masculino le toca encargarse del cuidado de todo, principalmente de velar por el bien de los hijos surgidos de la unión entre ambos.  Para que el pacto tenga vigencia, es necesario que el sexo femenino sea firme y demuestre un espíritu corporativo.  La mujer por su naturaleza necesita de la protección del hombre que gracia a la preponderancia de sus fuerzas corporales y espirituales se debería hallar en posesión de todos los bienes de la tierra.  La sociedad obliga al sexo femenino que vele por el espíritu corporativo de todos sus miembros.  En consecuencia, cualquier joven femenina que mediante una relación ilícita comete traición, es principalmente, por los miembros de su mismo sexo,  recibe un castigo moral porque al generalizarse su comportamiento estaría poniendo en peligro el bienestar del genero entero y con su ejemplo desengaña a los demás hombres al mostrarles el fracaso del pacto sobre el que descansa la salvación de todo el sexo femenino.   Que insulso anatema.  Lo que resulta curioso es que la Revolución Francesa –revolución burguesa, al cabo- al imponer por acción directa este tipo de axioma carga sobre la palabra “honor” en sentido general una moralina  sembrando valores carentes de justicia y promoviendo la desigualdad.

No comments:

Post a Comment