Resalta, con fuerza de evidencia, el clima de inseguridad que
vive el mundo que gradualmente y sin detenerse se va a la carrera formando. Ningún país, por hermético y bien guardado en
su intimidad, representa a lo que parece, obstáculos insalvables para el crimen
osado e inescrupuloso de los terroristas.
Creo, muy humildemente, que un elemento para comprender la psicología
de estos radícales yihadistas es por un momento calzarnos sus cáligas. Decía
Shopenhauer que todo lo que hacemos como
todo lo que dejamos de hacer, tenemos en
cuenta la opinión ajena y del temor a ella veremos surgir al menos la mitad de
los desvelos y angustias que hayamos sufrido.
Y para ilustrar lo dicho por
Shopenhauer, les relato un pasaje tomado del Times con fecha de 31 de marzo de
1846, acerca del informe exhaustivo sobre la ejecución de un tal Thomas Wix, un artesano
aprendiz que asesinó a su patrón por venganza:
“En la mañana del día señalado para la ejecución, el
reverendo capellán de la prisión fue a reunirse previamente con el condenado. Pero Wix, aunque se comportaba con
tranquilidad, no mostraba ningún interés por sus exhortos, antes bien, su única
preocupación parecía ser la de mostrar una extrema valentía ante la multitud
que iba a presenciar su ignominioso fin.
Y lo consiguió. Hallándose en el patio
que debía cruzar para llegar hasta el patíbulo, elevado junto a la cárcel, dijo:
¡Pues bien, como decía el doctor Dodd, pronto conoceré el gran misterio! Aunque tenía las manos atadas, subió las
escaleras del cadalso sin ninguna ayuda; una vez allí, hizo unas reverencias a
derecha e izquierda dirigidas a los espectadores, a los que la multitud allí reunida correspondió
en recompensa con ensordecedores muestras de aplauso y jubilo!” Es
decir, teniendo ante los ojos a la muerte no pensaba más que en la masa de
papanatas congregados y en la opinión que iba a dejar en sus cabezas.
Estos terroristas radicales sufren del síndrome Kantiano de
los Noúmenos que se caracteriza entre otras cosas: La realidad está en si
mimos, nunca los podremos conocer, son independientes de las masas, los conoceremos
tal como se nos presenten, es decir, como “fenómenos” y toda causa tiene un
efecto.
Donde les quiero conducir en este paseo, parecido al que Aristóteles
hacia con sus alumnos los peripatéticos, es que el efecto publicitario -como
resultado de la rapidez con que viaja la información- lejos de alertarnos sobre
los peligros que acechan, lo que provoca en la psicología
de esos criminales es una especie de placebo
que los hace lucir ante la muchedumbre como famosos dignos de admiración e imitación. Si no corregimos, mutatis mutandis, siempre habrá
muchos seguidores de naturaleza levantisca, díscolos que buscarán asociarse e imitar
la acción de estos extremistas como cuando los tirios arremetían contra los troyanos.

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