"En este Día Internacional del Migrante, comprometámosnos a dar respuestas coherentes, amplias y basadas en los derechos humanos, guíandonos por la legislación y las normas internacionales y un empeño compartido en no dejar a nadie atrás": Mensaje de Ban Ki-moon, Secretario General de Las Naciones Unidas. 18 de diciembre del 2015.
Recientemente, tuve el honor de asistir al "Centro Español de Santiago" que a la sazón de conmemorar su 50 aniversario, aprovechó la ocasión para hacerle un reconocimiento a sus socios fundadores, entre los que se encontraba mi suegro (fallecido) Don José Ramón Casquero Arenas.
Por tratarse de este memorable día y porque mis hijos son descendientes de un migrante, me toca las fibras del corazón y me veo en la nececidad de rendirle un tributo a esa condición. Sólo quien ha estado bajo la piel de un migrante puede comprender el significado que tiene para un ser humano dejar la patria que le vió nacer, sus casas, su padre, su madre, sus hermanos, sus amigos para lanzarse a la búsqueda de una mejor suerte hacia lugares desconocidos confiando únicamente en su propia determinación y en la esperanza de que la divina providencia les proteja con un resguardo que se compadezca a tan riesgoza aventura. Este tipo de audacia esta reservada para seres humanos destinados a ocupar el podium de los valientes, donde algunos han sido éxitosos pero otros muchos han sucumbido en el intento.
Hoy vemos con pena y dolor como hombres, mujeres y niños mueren ante la implacable mirada de los poderosos que no les permiten cruzar sus fronteras. Esta es, la nueva política, adversa al sentimiento de Cristo, que implantan en sus dominios los actuales amos del mundo. Es que se trata de perpetuar la existencia de los sombrios ghettos, en que el migrante, estimado como un ser de inferior calidad humana, era separado por un cordón sanitario y puesto en cuarentena?
Y ésto ocurre en pleno siglo XXI donde supuestamente los vientos de la liberación y de la discriminación racial son enarbolados. Estas potencias deben apresurarse a buscar una fórmula satisfactoria para resolver el arduo y doloroso problema de los refugiados. Es una espina clavada en el costado de esas naciones que persistirá en ocasionarles agrias molestias mientras no la extraiga.
Para suerte de nuestro país, las migraciones que hemos recibido, con hospitalidad y cariño provenientes de distintas naciones, lejos de constituirse en un dolor de cabeza para los dominicanos, nos han enseñado con su ejemplo a transitar por los derroteros del trabajo, esfuerzo y dedicación como piedra angular para el desarrollo y el progreso del ser humano. Loas a estos migrantes que lejos de dañarnos, han sembrado sus semillas a través de sus decendientes, para que vivamos en un pueblo donde el desarrollo debe florecer bajo el contexto de la perseverancia, el sudor y la libertad.

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