Cada dominicano, no importa el peldaño que ocupe, por obra de
la suerte o de la injusticia, en la jerarquía social, tiene derecho y hasta
imperativa obligación de manifestar su criterio y su parecer en cualquier tema
que comporte nuestras relaciones de
convivencia con Haití.
Cuando este país parecía ya encausarse por los derroteros de
la democracia representativa, sus instituciones vuelven a resquebrajarse cuando el Comité Electoral Provisional (CEP)
de Haití, aplaza indefinidamente la segunda vuelta de las elecciones
presidenciales. Es una triste historia
que como fúnebre estela, más que miseria, recuerdo de crueldades y desmoralización
generalizada nos deja el siguiente mensaje: “Haití continúa siendo un país a la
deriva”.
Verdaderamente, es una pena porque Haití tiene una historia
tan dramática como admirable y respetable.
Sus hazañas por la libertad merecerían haber sido cantadas por un Homero
o por un Virgilio pero Haití es pobre y el pobre no tiene dolientes. En él abunda la miseria. En Haití como en todo el mundo se encuentra
de todo: sabios y analfabetos, salvajes y cultivados, supersticiosos y gentes
entregadas a un cristianismo puro. Haití
tiene y ha tenido tiranos, que no han sido desemejantes en crueldad y rapiña, a
los que hemos tenido en Santo Domingo.
La inoculación de odios raciales, de rencores biológicos, ni
es humana ni es cristiana. Todo aquel
que persista en esa actitud debería reconocer que es contemporáneo de los
tratantes de esclavos.
Confío en que nadie vea en estos breves y rápidos
apuntamientos reflejos de haitianofilia o tácita aprobación de la ilegal y pacífica
afluencia de nuestros vecinos contra toda razón y derecho, a nuestro país. Ningún dominicano puede aprobar eso. A quienes les toca tenderle la mano al dramáticamente
pobre pueblo haitiano son a los países altamente industrializados, opulentos
que se ahogan en el bienestar de una sociedad de consumo. De ellos es esta virtuosa tarea y no de la República
Dominicana que ya estamos severamente castigados por la pobreza y el
subdesarrollo.
La Republica Dominicana puede de manera transitoria canalizar
e intervenir diplomáticamente para que este nuevo conflicto haitiano tenga una
pronta solución. Pero nunca que esto sea
en detrimento de los supremos intereses de la Nación.
Sería un error de semántica calificar esta actitud de “patriotera”. O se es o no se es dominicano!

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