Hoy la República se eleva al festejar el 203 aniversario del
nacimiento del prócer quien concibió y alentó el principio de la República
independiente y que hizo posible, con su abnegación sin límites y ejemplar
sacrificio que el sol de la libertad resplandeciera sobre el cielo
dominicano. A pesar de todas las
vicisitudes que han transcurrido desde el nacimiento de Duarte, la nacionalidad
no solo ha sobrevivido sino que además, se ha creado una conciencia patriótica consolidada
sobre unas bases regiamente afincadas que pueden considerarse como imperecederas.
Es a las actuales generaciones a quienes nos corresponde
defender la pureza que embellece el
cielo de Quisqueya donde brilla la insignia tricolor que con tanta dedicación y
esfuerzo confeccionara Concepción Bona.
La generación que encabezó Duarte solo nos dió la libertad que se
conquista con las armas en los campos de batalla. Darle continuidad a ese insigne proyecto nos
compete a nosotros como un deber ineludible que debemos cumplir. Hacer un llamado al escepticismo por
considerar que hemos sido víctimas de quienes no han sabido mantener una diáfana
equidad y el bienestar social no es una actitud propia de los ideales
Duartianos. Este tipo de comportamientos,
muchas veces con toda razón, solo originan contrariedades, resquemores y
descontentos sobre un futuro promisorio que debemos esperar con anhelos.
Se hace imperativo que miremos con fe, con la fe puesta en
Dios, lo que el destino nos depara, abandonando
el derrotismo, tal como hiciera Duarte que se impuso a todas las tormentas. Pues si se considerase que nos hallamos en
un momento parecido: del seno de la sombra volverá a nacer la luz inextinguible
de nuestro futuro. Es una responsabilidad
de todos los dominicanos de bien estimular antes que malograr, la voluntad
optimista de un pueblo que está resuelto a seguir hacia adelante con valentía,
arrojo y presto para librar las batallas que se le presenten para salvarse.
La mejor ofrenda que podemos
hacer en este día, es acercarnos a la losa que cubre los despojos de
nuestro benefactor y ceñir nuestra conducta al código moral sintetizado en esa trilogía
sagrada: “Dios, Patria y Libertad”.


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