El caso en realidad despierta la
curiosidad. Las estadísticas revelan que
en los Estados Unidos uno de cada diez ciudadanos solicita los servicios de los
médicos de la mente. No es casualidad,
que entre los llamados “bestseller”, los libros destinados a procurar la “peace
of soul”, el sosiego del ánimo, la
tranquilidad del espíritu, figuran en primera línea.
Sin embargo, el pueblo
norteamericano no quiere en la Casa Blanca a los sospechables de trastornos conciénciales. De la misma manera que, estando el divorcio
considerado por ellos como una conquista más de la libertad personal, no
aceptan en la Presidencia de la República a quien haya quebrantado su primer vínculo
matrimonial.
Es que sufre esta nación de la convicción
intima de que este pais hay que resguardarlo con seguridades que cubran todo riesgo,
incluyendo el riesgo del afeamiento de su imagen moral?
Estoy casi persuadido de que si
un avisado psiquiatra coteja las actitudes y los cambios en sus trayectorias biográficas
entre Donald Trump y Adolfo Hittler encontraría más rasgos anormales en el
primero que en el segundo.
Sin embargo, Donald Trump a pesar
de que ha insultado a los inmigrantes, a las mujeres, a los judíos, a los
musulmanes y a todos los demás candidatos políticos que le adversan sigue
siendo el favorito entre los candidatos repúblicanos. Su éxito
es el mayor interrogante de la contienda electoral y lo asombroso es que en el
curso de su campaña para la nominación no ha dejado de seguir desafiando porfiadamente
al buen sentido.
Para Trump no es una locura retar
a Wall Street y a las grandes compañías norteamericanas que son las que proveen
los grandes recursos para alcanzar el poder y sin cuyo apoyo financiero, unido
al de los sindicatos, se va directamente a la derrota. La
fortuna millonaria de Trump hace que no necesite grandes inversiones de
donantes. En vista de esta marcha a
contracorriente cualquiera diría que este hombre no quiere ser Presidente de
los Estados Unidos. Y aquí está la otra
paradoja: Esta a un paso de ser el próximo
candidato del Partido Republicano a las elecciones generales.
Lo que sucede es que nadie sabe dónde
termina la línea fronteriza entre el héroe y el temerario, entre el genio y el
loco.
Un hombre público puede caer en
lo que los psiquiatras denominan “frenastenia cesárea”. Esta frenastenia no es advertible porque es
disimulable. Sería el caso de Nerón que padecía
de locura estética, que después de haber hecho asesinar a su madre, al levantar
el paño que cubría su cadáver, exclamó: “Yo te hubiera respetado como artista si te
hubiera sabido tan hermosa” y cuyas últimas
palabras al morir fueron estas: “Que gran cantor pierde el mundo”!
Pero no siempre una anomalía de carácter
suprime las aptitudes, las condiciones para ser un estadista genial. Después de todo, el mundo necesita menos políticos
y más hombres de estado. La diferencia
radica en que el primero lo hace como actividad (para vivir o subsistir)
mientras que el estadista lo hace para hacer lo que tenga que hacer.
El resultado es que una fórmula a
la que los Estados Unidos miró primero con escepticismo y después con asombro,
hoy es una posibilidad real.

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