Wednesday, January 6, 2016

Donald Trump y la Psiquiatria.


El caso en realidad despierta la curiosidad.  Las estadísticas revelan que en los Estados Unidos uno de cada diez ciudadanos solicita los servicios de los médicos de la mente.  No es casualidad, que entre los llamados “bestseller”, los libros destinados a procurar la “peace of soul”,  el sosiego del ánimo, la tranquilidad del espíritu, figuran en primera línea.

Sin embargo, el pueblo norteamericano no quiere en la Casa Blanca a los sospechables de trastornos conciénciales.  De la misma manera que, estando el divorcio considerado por ellos como una conquista más de la libertad personal, no aceptan en la Presidencia de la República a quien haya quebrantado su primer vínculo matrimonial.

Es que sufre esta nación de la convicción intima de que este pais hay que resguardarlo con seguridades que cubran todo riesgo, incluyendo el riesgo del afeamiento de su imagen moral?

Estoy casi persuadido de que si un avisado psiquiatra coteja las actitudes y los cambios en sus trayectorias biográficas entre Donald Trump y Adolfo Hittler encontraría más rasgos anormales en el primero que en el segundo.

Sin embargo, Donald Trump a pesar de que ha insultado a los inmigrantes, a las mujeres, a los judíos, a los musulmanes y a todos los demás candidatos políticos que le adversan sigue siendo el favorito entre los candidatos repúblicanos.    Su éxito es el mayor interrogante de la contienda electoral y lo asombroso es que en el curso de su campaña para la nominación no ha dejado de seguir desafiando porfiadamente al buen sentido.

Para Trump no es una locura retar a Wall Street y a las grandes compañías norteamericanas que son las que proveen los grandes recursos para alcanzar el poder y sin cuyo apoyo financiero, unido al de los sindicatos, se va directamente a la derrota.   La fortuna millonaria de Trump hace que no necesite grandes inversiones de donantes.  En vista de esta marcha a contracorriente cualquiera diría que este hombre no quiere ser Presidente de los Estados Unidos.  Y aquí está la otra paradoja:  Esta a un paso de ser el próximo candidato del Partido Republicano a las elecciones generales.

Lo que sucede es que nadie sabe dónde termina la línea fronteriza entre el héroe y el temerario, entre el genio y el loco.

Un hombre público puede caer en lo que los psiquiatras denominan “frenastenia cesárea”.  Esta frenastenia no es advertible porque es disimulable.  Sería el caso de Nerón que padecía de locura estética, que después de haber hecho asesinar a su madre, al levantar el paño que cubría su cadáver, exclamó:   “Yo te hubiera respetado como artista si te hubiera sabido tan hermosa”  y cuyas últimas palabras al morir fueron estas:   “Que gran cantor pierde el mundo”!

Pero no siempre una anomalía de carácter suprime las aptitudes, las condiciones para ser un estadista genial.  Después de todo, el mundo necesita menos políticos y más hombres de estado.  La diferencia radica en que el primero lo hace como actividad (para vivir o subsistir) mientras que el estadista lo hace para hacer lo que tenga que hacer.

 En fin, que si no se quieren perder los estribos lo más ecuánime parece que es juzgar a los hombres no por si visitan o no a los psiquiatras, sino por sus hechos y ponderando la justeza y la justicia de sus ideas porque siempre aparecerán como “locos” el que se opone a las ideas recibidas, a las costumbres convencionales, al status quo, a la inamovilidad, a  lo reaccionario, que tendrán seguidores y detractores, pero todos a los que han llamado “locos” son los que han impulsado, de una manera o de otra, los grandes cambios en la humanidad y son los que enervan  los bríos a todos aquellos que sienten la necesidad de cambios reclamados en un sistema de injusticia social.

El resultado es que una fórmula a la que los Estados Unidos miró primero con escepticismo y después con asombro, hoy es una posibilidad real.
 

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