Las circunstancias muy peculiares que rodean el origen de la Basílica
de Higüey son pocos los que la conocen.
En el fondo y bien analizada la cosa sin pasiones, ese santuario es
fruto del pueblo dominicano que es quien, en una manera u otra, ha dado los recursos
para levantarla.
Los dineros aportados para construirla estarían a esta hora
en bancos suizos si no estuvieran petrificados en la Basílica, rindiéndole
honores a la Virgen de la Altagracia.
Un día como hoy, que
todos nuestros políticos hacen presencia para venerar la patrona de los
dominicanos, se hace oportuna la ocasión para recordar el rol de la Iglesia,
que se cree en sí misma la tutora de la ley natural y que estima que tiene para
ello garantías de orden sobrehumano, exige que se le reconozca y respete su
libertad para emitir juicios morales, para declarar que es, en las ineludibles
relaciones humanas, a la luz de su doctrina social, lo inicuo y lo justo, lo
que se le debe a la persona y lo que constituye una lesión inadmisible a sus
ingenitos derechos fundamentales.
Es firme la convicción del Catolicismo que su misión pastoral
es esencialmente un servicio de inspiración y de educación de la conciencia de
los creyentes para ayudarlos a percibir las responsabilidades de su fe, en su
vida personal y en su vida social.
Cree que esto –la justicia social- va con aquello- el reino
de Dios – y que no entraran en este último, quienes no hayan cumplido con
aquello.
Cuando desde el pulpito o un periódico, la Conferencia del
Episcopado Dominicano (CED) proclama que la carencia de valores fomenta la corrupción
y se lee la Carta Pastoral en que se conmemora el día de la Virgen de la
Altagracia y que reza en su capítulo 24 lo siguiente: “Vemos con preocupación como
la corrupción priva a la población de recursos económicos que debían ser
destinados para satisfacer las necesidades básicas como educación, vivienda, alimentación,
salud, seguridad, justicia, salario digno, etcétera; la complicidad y la
impunidad han sido los mejores aliados de los corruptos en los sistemas políticos
en todo el mundo. Los empobrecidos
victimas de los sistemas corruptos piden misericordia para que le sea devuelto
lo que en la justicia les pertenece para vivir con dignidad”. Lo que nos quiere
decir la Iglesia es que su misión específica es cambiar mentalidades, abiertas
y transformadas, exigirán un indispensable cambio en nuestros valores morales y
espirituales. Y que por tanto, disipar
esas situaciones inhumanas aflojar esas enérgicas tensiones, constituye una
sustancial y eficaz contribución a consolidar la paz.
De ahí que nadie se sienta ofendido y recordemos la tan resabida y olvidada frase: “A
Dios lo que es de Dios, al César, lo que es del César”.

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