Si hay algo con lo cual la sociedad hoy cumple la función de un homeostato no es la conservación del estado sólido y en reposo sino con la abrumadora demanda de cambios constantes. Pero son cambios sin dirección o bien una dirección que no se establece de antemano. Por lo que podría decirse que afecta el hondar de las diferencias sociales y al estado de consumo orientado por la renovación de existencias.
La nuestra es una sociedad de consumo, donde al igual que en el resto del mundo se manifiesta como un depósito de bienes concebidos por el consumo, todos ellos en competencia por la atención insoportablemente fugaz y distraída de los clientes empeñándose en captar esa atención más allá del pestañeo.
La economía de la modernidad, orientada al consumo, se basa en el excedente y el rápido envejecimiento de sus ofertas, cuyos poderes de seducción se marchitan de forma prematura. Puesto que resulta imposible saber de antemano cuales de los bienes ofrecidos lograran tentar a los consumidores y así despertar su deseo, solo se puede separar la realidad de las ilusiones multiplicando los intentos y cometiendo errores costosos. El suministro perpetuo de ofertas siempre nuevas es imperativo para incrementar la renovación de las mercancías, acortando los intervalos entre la adquisición y el desecho a fin de remplazarlas por bienes “nuevos y mejores”. Y también es imperativo para evitar que los reiterados desencantos de bienes específicos lleven a desencariñarnos por completo de esa vida pintada con los colores del frenesí consumista sobre el lienzo de las redes comerciales.
Es por lo anteriormente explicado que las grandes fábricas del mundo quienes ofrecen todo tipo de productos y servicios, no esperan que el lanzamiento de determinados productos alcance su proceso de maduración cuando ya sacan un sustituto. En días pasados, me causó mucha risa (risa de la buena) un encuentro coloquial con unos amigos donde uno de ellos se quejaba que apenas había comprando hacia unos meses un vehículo del año cuando ya el fabricante lanzó un nuevo modelo con rasgos totalmente distintos. Otro se que quejaba que un televisor plasma que le regalaron en navidad ya vendría un mismo modelo con facultad de reproducir el internet vía un sistema de iluminación LED. Cuando otro amigo proclamó con un fino sarcasmo: “Por eso esperaré para comprar todas mis cosas el próximo año, ya que todo será nuevo”.
Y es que en el caso del amigo que se aferra a las cosas del ayer como la ropa, las computadoras y los celulares podrían ser catastróficos para una economía, cuyo único objetivo busca el desecho cada vez más rápido de los bienes adquiridos en una sociedad cuya columna vertebral es ser un vertedero de basura.
El escape es la iniciativa más inteligente como mediada de precaución para no sucumbir a las células cancerígenas de la que la enfermedad del consumo que ataca a nuestra sociedad. Los ejércitos ya no insisten en el servicio militar obligatorio incluso le rehúyen y sin embargo el deber común del ciudadano, un deber cuya deserción se sanciona con la pena de muerte. De la misma manera, los ciudadanos que se rehúsan a seguir como borregos a la cultura del consumo son condenados a muerte en el plano social.
Decía Sun Tzu en su libro El Arte De La Guerra: <Cuando el agua te corte el paso, aléjate. No te enfrentes a los enemigos en el agua; es conveniente dejar que pasen la mitad de las tropas y luego atacarlas.>
Hoy resulta obvio que no es posible abrigar ninguna esperanza seria y real de hacer del mundo un mejor lugar donde vivir, pero quizás nos tiente la idea de ponernos a salvo (del consumismo), al menos por un tiempo, el sitio relativamente acogedor y privado que hemos logrado hacernos en este mundo aun sea a expensas de que nos alejemos de las corrientes de las aguas del consumo aunque suframos las críticas de la sociedad.

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