Saturday, January 2, 2016

Lucha libre: El espectáculo de los pobres.

Si parloteamos sobre Rafael Antonio Sánchez, pocos sabrían a quien hacer referencia.  Sin embargo, no hay un dominicano que se haga llamar dominicano, ya sea de pura cepa  o porque en sus mesas solo se bebía el vino de la vid, que no haya escuchado el nombre de “Jack Veneno”.

En los años 80, la lucha libre se convirtió en un icono de popularidad.  Era la válvula de escape para olvidar  la frustración económica y social que los carentes de solemnidad utilizaban para deshacerse de su realidad.   Fue una década difícil marcada por el suicidio de un presidente, seguido por las presiones económicas impuestas por el Fondo Monetario Internacional (FMI), hasta terminar con el retorno del viejo caudillo.    En ella, el pueblo se identificaba con un espectáculo que representaba a los buenos y los malos (técnicos y rudos) y desde los sábados a través de un programa de televisión se convertía en un toque de queda con un rating de audiencia que ningún otro programa de televisión podía igualar.  Para terminar cada domingo con un peregrinaje de  masas hacia el Parque Eugenio María de Hostos, donde la entrada para chavales y servidores a los cuerpos de milicia era gratuita. 

Para la élite,  este deporte no era más que una farsa o vulgar.   Sin embargo, contaba con miles de seguidores que convertían a sus figuras en héroes.  Los movimientos sociales suelen tener un líder que representa la causa que persiguen sus miembros.   La cuadra de Jack Veneno representaba los hombres de bien, mientras que la cuadra de Relámpago Hernández representaba a los del mal.   Jack Veneno representaba el amor a la patria (usando trusa y capa con la insignia tricolor), el amor a la madre al apodarse “el hijo de doña Tatica”,  la valentía del hombre amparada en Dios, cuando proclamaba que era “un hombre de pelos en el pecho” y se persignaba antes de dar inicio a sus combates.    Mientras por otro lado, su archirrival  Relámpago Hernández era la fiel representación del Maquiavelismo al hacer gala en sus actuaciones de aquella célebre frase atribuida a el ilustre político y filósofo italiano Nicolás Maquiavelo, escritor de El Principe quien encarcelado en San Casciano por conspirar en contra de los Médici,  reza:  “El fin justifica los medios”.     No obstante,  los dominicanos de entonces parecían  preferir  evocar a Herman Busenbaum cuando escribió en cultísimo latín:   “Cum finis est licitus, etiam media sunt licita” que en buen castellano significa: “Cuando el fin es lícito, también los medios deben ser lícitos”.

Estos gladiadores que combatían sin cesar con saltos mortales y hombres por los aires personificaban la lucha del bien contra el mal donde tradicionalmente los de buena voluntad se imponían a los planes de los  mefistólicos.    Desafortunadamente, para 1995 ante la caída de los ratings y baja de popularidad la empresa que promovía este espectáculo, hizo que la misma sucumbiera ante la inclemencia económica y con ella terminaba una era en la vida de los dominicanos.

Hoy ante la disolución social que vivimos, revivir estas válvulas de escape que nos alejen del naufragio del caos, no es una perogrullada muy por el contrario, es un estimulo al cultivo de costumbres de antaño que nos divorcian de los vicios y nos permiten pasar largos momentos de sano esparcimiento para aullentar a las mentes enturbiadas que ya no disciernen donde termina el derecho a la vida y donde irrumpe la más vulgar y grosera delincuencia.   Después de todo no solo de pan vive el hombre.


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