Monday, January 18, 2016

Devoción por costumbres foráneas.

Se hace curiosa y digna de estudio la devoción de los dominicanos por asimilar culturas extraídas que, con lentitud, pero con perseverante seguridad  van desdibujando las notas distintivas que caracterizan nuestro nacional modo de ser, sentir y pensar.

Decía Richard Mckay Rorty, un filósofo estadounidense, en relación a los debates sobres costumbres sexuales, étnicas y religiosas que los “superricos” tenían poco que temer.   Haciendo alusión a lo que él llamaba la “izquierda cultural”  que  acusaba de librar una lucha con sádica animosidad frente a la ruptura de moldes culturales nativos de sociedades desaventajadas.  Según Rorty, el pecado de este movimiento radica en haber borrado de sus preocupaciones públicas la pobreza material y sobre atencional las desviaciones de minorías, así como ver la diferencia entre estilos de vida como el fondo de la cuestión.

Rorty critica a la “izquierda cultural” por tratar todos los aspectos de la desigualdad como si fuera una cuestión de diferencia cultural y en último caso como consecuencia de las elecciones humanas, que después de todo cuentan con la protección de los derechos humanos y la exigencia ética de la tolerancia.  Pero más aun prohíben todo debate sobre los meritos de la diferencia, por muy serio, honestos y mutuamente respetuosos que estos sean.

Jonathan Friedman les llamó “modernistas sin modernismo” a los intelectuales que son entusiastas declarados de la transgresión del statu quo y la reformulación de las realidades existentes.

Entonces yo me pregunto: Si este es un fenómeno que socialmente ha sido explicado y estudiado, es que los dominicanos somos miméticos?  Inclusive nos complace adular aquello mismo que nos da gusto denostar.

No hemos contemplado como se desgañita Milly abogando por el merengue, vencida y ahogada por la preferencia por el Rock and Roll?

Y no es que no se asimile y no se admire lo extraño pero hay valores y costumbres eternas.  Pero el tema es rico, es cantera inagotable.  Aquí me detengo porque, si hay alguna cosa que viole los derechos humanos del lector, es el intento de aburrirlo.
 
 

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