La caza es una ocupación de tiempo completo en el estadio de
una sociedad moderna. Consume una
cantidad desmesurada de atención y energía que deja poco tiempo para cualquier
otra cosa.
Tal como señaló Blaise Pascal hace varios siglos, no hacemos
más que buscar ocupaciones urgentes y agobiantes que nos impidan pensar
exclusivamente en nosotros mismos, y es por eso que nos ponemos como meta algún
objeto atractivo que nos cautive y nos seduzca.
Cuántos de nosotros ha pensado en comprar el último modelo de un coche
deportivo? O pasar unas vacaciones en Hawái?
Es que tenemos que escapar a la necesidad de pensar en nuestra
“condición infeliz” y buscar en cuál de las ofertas de modernidad se nos olvida
la visión de la muerte y de las miserias.
Cazar es como una droga: una vez que se prueba, se vuelve un
hábito, una necesidad interior y una obsesión.
Dar caza a un ave seguramente deparará una ingrata decepción y volverá aún
más irresistible la tentación de iniciar otra cacería, porque la expectativa de
atrapar la presa resultará ser la experiencia más deliciosa de todo el evento. La caza exitosa de la ave pone fin a la
emoción y aumenta las expectativas: la única manera de aplacar la frustración
consiste en planear e iniciar de inmediato la próxima cacería.
Es este el fin de la utopía?
No, en la vida de un cazador no hay espacio para un momento en el que
pueda decirse con certeza que la tarea ha concluido, que el caso está cerrado,
que la misión está cumplida: en otras palabras, un momento en el que la única
expectativa sea el descanso y el puro placer que deparan los botines
acumulados.
En una sociedad de cazadores, la perspectiva de finalizar la
caza, lejos de seducir, causa espanto: a fin de cuentas, sería un momento de
fracaso personal. Solo yo quedaría a un
lado excluido y expulsado de la compañía, indeseado y privado de versión; una
persona a la que se le permite observar el jolgorio de los oros desde detrás de
la cerca pero a la que se le niega la oportunidad de participar.
Si la vida de caza es la utopía de nuestros tiempos, en
contraste con sus precursoras, es una utopía de aventuras sin fin. Que utopía más extraña: sus antecesoras
ofrecían el aliciente de llegar al final del camino y de los afanes mientras
que la utopía de los cazadores es un sueño en el camino y los afanes nunca terminan. No es el final del viaje lo que atiza el
esfuerzo, sino su infinitud. Les invito este fin de semana a mirar la película “el
Guerrero Pacificador” basada en el "bestseller" de Dan Millman, cuando
Sócrates (Nick Nolte) le dice a Dan su ultima enseñanza: “Happiness is not just something
you feel-it is who you are.”
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