Ambos verdugos tienen, sin
embargo, un evidente y claro común denominador: la total ausencia del espíritu de respeto a
la vida humana. Los terroristas pueden
ser calificados de escorias y me adhiero a la frase de Fraga tras el fusilamiento en 1975 de cinco miembros
de la ETA cuando dijo: “El mejor
terrorista es el terrorista muerto.” No importa que me tilden de apóstata. Sin embargo, las autoridades encargadas de hacer guardar
las leyes del trafico, hay que recriminarlos,
mal que nos pese, por su incumplimiento en los respectivos graves deberes para
con la sociedad.
Es ya penosa y alarmante la suma
de los que perecen, inopinadamente, en los caminos y vías públicas nacionales. Es que tendríamos que hacer uso de alguna cirbercalculadora
para poder cuantificar las familias que se relacionan con los campos santos
llevando a sus parientes a la última morada.
Hay autopistas y avenidas por
donde atreverse a pasar constituye una osadía y una temeridad, pues es aceptar
un desigual desafío de la muerte. A tal
punto ha llegado ese desafío, que las aseguradoras de riesgos de salud afirman
que cubren más del 100% del dinero invertido en atender a las personas
envueltas en accidentes de tránsito y que dejarán de brindar esa cobertura. Es que no se necesita ser muy ducho en el
conocimiento de la ciencia actuarial para comprender que se está en el negocio
de capa perro.
Si la prisa alocada y deportiva
de los choferes constituye un castigable menosprecio de la vida propia y de la
ajena, no menos reprochables son los AMET que ven cruzar los vehículos, bebiéndose
los vientos, a una vertiginosa velocidad vedada por las leyes y les permiten
proseguir, con desenfado, en su demencial carrera, sin decirles, ni siquiera,
esta boca es mía.
Que febriles y activos, en
cambio, que dinámicos y vigilantes se exhiben cuando se trata de seguirles los
pasos o adivinarles el pensamiento a quienes por distracción pisan mínimamente
la línea del transeúnte, doblan por alguna vía sin señalización o simplemente
porque sus vehículo no son de último modelo.
Todos los dominicanos, los de
arriba y los de abajo, debemos realizar una cruzada para que los irresponsables
dejen de experimentar el vértigo de la velocidad, por esas calles de Dios, como
si estuvieran conduciendo en una pista de carreras.
Cualquier ciudadano puede
dar fe como los paranoicos del faroleo (dueños
de ruidosos vehículos) en vez de marchar parecerían volar sobre las
avenidas, “Abraham Lincoln”, “Winston
Churchill” y aquella que lleva el nombre de uno de los más importantes poetas y
dramaturgos del Siglo de Oro español “Lope de Vega”.
Solo la Policía los ignora.

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