Friday, January 8, 2016

Los accidentes de tránsito.

Puesto uno a reflexionar, no le sería fácil determinar, en el actual momento, cuál de los dos, si el salvaje terrorismo o los dramáticos accidentes de tránsito conducen mayor número de víctimas al sepulcro.

Ambos verdugos tienen, sin embargo, un evidente y claro común denominador:   la total ausencia del espíritu de respeto a la vida humana.  Los terroristas pueden ser calificados de escorias y me adhiero a la frase de Fraga  tras el fusilamiento en 1975 de cinco miembros de la ETA  cuando dijo: “El mejor terrorista es el terrorista muerto.”   No importa que me tilden de apóstata.   Sin embargo,  las autoridades encargadas de hacer guardar las leyes del trafico,  hay que recriminarlos, mal que nos pese, por su incumplimiento en los respectivos graves deberes para con la sociedad.

Es ya penosa y alarmante la suma de los que perecen, inopinadamente, en los caminos y vías públicas nacionales.  Es que tendríamos que hacer uso de alguna cirbercalculadora para poder cuantificar las familias que se relacionan con los campos santos llevando a sus parientes a la última morada.

Hay autopistas y avenidas por donde atreverse a pasar constituye una osadía y una temeridad, pues es aceptar un desigual desafío de la muerte.  A tal punto ha llegado ese desafío, que las aseguradoras de riesgos de salud afirman que cubren más del 100% del dinero invertido en atender a las personas envueltas en accidentes de tránsito y que dejarán de brindar esa cobertura.   Es que no se necesita ser muy ducho en el conocimiento de la ciencia actuarial para comprender que se está en el negocio de capa perro.

Si la prisa alocada y deportiva de los choferes constituye un castigable menosprecio de la vida propia y de la ajena, no menos reprochables son los AMET que ven cruzar los vehículos, bebiéndose los vientos, a una vertiginosa velocidad vedada por las leyes y les permiten proseguir, con desenfado, en su demencial carrera, sin decirles, ni siquiera, esta boca es mía.

Que febriles y activos, en cambio, que dinámicos y vigilantes se exhiben cuando se trata de seguirles los pasos o adivinarles el pensamiento a quienes por distracción pisan mínimamente la línea del transeúnte, doblan por alguna vía sin señalización o simplemente porque sus vehículo no son de último modelo.

Todos los dominicanos, los de arriba y los de abajo, debemos realizar una cruzada para que los irresponsables dejen de experimentar el vértigo de la velocidad, por esas calles de Dios, como si estuvieran conduciendo en una pista de carreras.

Cualquier ciudadano puede dar  fe como los paranoicos del faroleo (dueños de ruidosos vehículos) en vez de marchar parecerían volar sobre las avenidas,  “Abraham Lincoln”, “Winston Churchill” y aquella que lleva el nombre de uno de los más importantes poetas y dramaturgos del Siglo de Oro español “Lope de Vega”.

Solo la Policía los ignora.
 

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