De la palabra “cultura” se infería un acuerdo planeado y
esperado entre quienes poseían el conocimiento (o al menos estaban seguros de
poseerlo) y los incultos (llamados así por sus entusiastas aspirantes a
educadores); un contrato vale aclarar, provisto de una sola firma, endosado de
forma unilateral y puesto en marcha bajo la exclusiva dirección de la flamante “clase
instruida”, que reivindicaba su derecho a moldear el orden ‘nuevo y mejor’
sobre la cenizas del Ancien Régime.
Como se lee en una obra de Pierre Bourdieu, de hace apenas
unas décadas, hubo un tiempo en que cada oferta artística estaba dirigida a una
clase social especifica y solo a esa clase en tanto que era aceptada
exclusivamente por esa clase. Las obras
de arte destinadas exclusivamente al consumo estético indicaban, señalaban y protegían
las divisiones entre clases, demarcando y fortificando legiblemente las
fronteras que separaban unas de otras.
El respetado sociólogo de Oxford John Goldthorpe llegó a la conclusión
de que ya no es posible diferenciar fácilmente a la elite cultural de otros
niveles más bajos en la correspondiente jerarquía mediante los signos que
otrora eran eficaces. Por ejemplo era
costumbres de cultos asistir regularmente a las operas y a conciertos, el
entusiasmo por todo lo que en algún momento se considerare ‘arte elevado’ y el
arte de contemplar con desprecio “lo común, desde la las canciones populares
hasta la televisión comercial”. Era solo
propio de los bien hallados asistir a las salas de Broadway a deleitarse con “los
Miserables” o con “El Fantasmas De La Opera” así como leer libros de poesías y
asistir a museos de renombre internacional. Sin embargo,
hoy tenemos que admitir que la cultura es asequible a todo el mundo (a
los de arriba y a los de abajo) sin distinción de clases y que usted puede ir a
la opera y al mismo tiempo disfrutar un partido del Licey contra el Escogido y
reservar entradas para ver un concierto de “Romeo” sin partirse en
pedazos. Te gusta la comida china? Pero que
tiene de malo un pescado frito con coco?
Epa calma que me gustan las dos.
Si se puede, me gusta la NBA, los partidos del Real Madrid, y las sinfonías
del Maestro José Antonio Molina. Me
gusta admirar el arte gótico de la Catedral pero también me gusta jugar al
billar. Me gusta jugar al polo pero amo
jugar dominó. Me gusta ir a un ballet clásico pero también bailar
bachata….. I es que ya no existe la cultura elevada y la cultura popular,
simplemente existe la cultura. Es que
nos hemos convertido en omnívoros (animales que comen de todo).
Con el tiempo hemos observado un deslizamiento en la política
de los grupos de elite, desde aquella intelectualidad “esnob” hacia aquella
intelectualidad de masas que consumen un amplio espectro de formas artísticas
populares así como cultas.
En otras palabras, para el dominicano ninguna obra de la
cultura le es ajena: no se identifican con ninguna en un 100% de manera total y
absoluta y menos aun cuando el precio es negarse a otros placeres. Es por esta razón que sostengo la tesis que
la cultura es el único fenómeno capaz de asociar la aristocracia de los “Connoisseurs”
con la pobreza rapaz.
Cultura: “ Tu duca, tu signore, tu maestro”

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